Y, como es habitual en Bieito, esto se acaba traduciendo, a la postre, en un espectáculo efectista y de vocación provocativa, alternando escenas banales (Carmen hablando por teléfono desde una cabina o la turista sueca postrada encima de una bandera española) y momentos de alta intensidad dramática (espléndido trabajo actoral y movimientos del coro y figurantes), con elementos escénicos de potente carga conceptual (el mástil con la bandera española o el toro de Osborne, finalmente derribado –como las corridas en Cataluña) y un cuidado sentido de la plasticidad escénica (logrado, en gran medida, gracias a una magnífica iluminación). En síntesis, como era de esperar, mucho Bieito, aunque a costa de Bizet.
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